Cuarto de rehabilitación: ta’ barato dame dos por @iracosvi

Irani Acosta|@iracosvi
Por Irani Acosta|@iracosvi marzo 10, 2018 17:04

Aquella frase popularizada por los venezolanos y las venezolanas durante el boom petrolero de los primeros años de la década de los 70′, en este 2018 goza de una vigencia tremenda, solo que su manifestación es por circunstancias diametralmente opuestas a las que hicieron que nuestro país se conociera como la Venezuela Saudí en aquellos años.

Aún no termina el primer trimestre del año y la hiperinflación crea realidades en las que la percepción de que necesitamos grupos de apoyo para rehabilitarnos del síndrome ta´ barato dame dos, es prácticamente indiscutible.

Esta enfermedad colectiva y altamente contagiosa, que los venezolanos y las venezolanas hemos padecido a lo largo de nuestra historia, se vuelve cada vez más determinante para los modos en los que administramos nuestra riqueza, la poca o la mucha que tengamos, generando un impacto en nuestras finanzas que a la vuelta de la esquina se convierte en zancadillas en nuestra contra.

El boom petrolero y la Venezuela Saudí

A principios de los años 70′, más específicamente entre el 74 y el 75, nuestro país, gobernado para entonces por Carlos Andrés Pérez con su programa de gobierno titulado “La Gran Venezuela”, experimentó uno de los cuatro períodos de bonanza petrolera que ha registrado nuestra historia, el afianzamiento de un modelo rentista en esos años sirvió para instalar en el imaginario colectivo la idea de que éramos un país rico y solo teníamos que aprender a repartir la riqueza para vivir como monarcas.

Asimismo, en un planeta que empezaba a adentrarse en ideas y sistemas más globalizados, los venezolanos y venezolanas pudimos salir a pasear y turistear en un mundo en recesión, pues lo que para nosotros era un boom petrolero, para el resto era “la crisis del petróleo”.

Ese contexto nos puso en ventaja frente a los demás, pues los recortes en muchas naciones para nosotros se traducían en prosperidad, grandes inversiones, generación de empleo y oportunidades de crecimiento.

Ir a Disney a fotografiarse con Mikey Mouse se volvió un sueño alcanzable para muchos y muchas, y el cálculo del poder de compra de nuestros bolívares frente al dólar fuera de nuestras fronteras nos permitía sentir que podíamos gastar a manos llenas, a tal punto que acuñamos la frase ta’ barato dame dos.

Pero, ¿qué estábamos diciendo?, que el argumento de compra de nuestra sociedad en los primeros años de la década de los 70′ era el precio, consumismo puro, no mediaba la necesidad del producto o artículo en cuestión, sino su precio, si es barato no importa para qué me sirve, importa aprovechar para gastar, pues la plata no cuesta.

En 1976 empezó a derrumbarse la Gran Venezuela, el boom pasó y con él la borrachera, sin embargo, la añoranza por la vida de ciudadanos de un país rico se quedó instalada en nuestro imaginario colectivo.

Fuimos viviendo los años tratando de buscar un héroe nacional que nos regresara a la bonanza, y después de probar suerte con el copeyano Luis Herrera Campins y no encontrar la chequera, volvimos con los adecos al elegir a Jaime Lusinchi presidente para ver si traía nuevamente la Venezuela Saudí.

Al no conseguir los resultados esperados, supusimos que no era un tema de adecos y copeyanos y fuimos por el hombre, fuimos por nuestro mesías, y bajo la promesa de volver a la Gran Venezuela, el pueblo venezolano votó por Carlos Andrés Pérez una vez más.

Sin embargo, la propuesta de Pérez, sin las bondades de un boom petrolero, no podía parecerse a la del 73, así que vino “El Gran Viraje”.

Distintas circunstancias, que podremos debatir en otro momento, nos llevaron a convencernos de que Pérez no nos regresaría al 73, que se había acabado el vino y la cerveza de aquella fiesta.

El colapso del bipartidismo y aquella idea instalada como sanguijuela en nuestro AND colectivo nos estrelló con el chiripero de Caldera, que no fue más que la agonía de una propuesta política que no encontraba cómo reinventarse ante el rentismo petrolero.

El boom petrolero y el Socialismo del Siglo XXI

Entonces apareció Hugo Chávez, con su retórica promesa de llevarnos a la Venezuela donde los pobres ya no fueran pobres, entonces nos bebimos con él hasta el agua de los floreros. Borrachos y borrachas de aquella idea instalada en nuestros cerebros ideologizados por nuestra propia demagogia nos dio el valor para entregarlo todo.

Y llegó, tardó pero llegó el boom, en 2004 y 2005 estallaron otra vez los precios del petróleo y los venezolanos volvimos a extraviarnos en nuestra enfermedad colectiva con CADIVI.

Eran otras condiciones, pero de nuevo hasta el que menos tenía en el barrio mostraba en su Facebook una foto de su viaje a Aruba, Curazao, Argentina, Panamá o Francia. Nos aburrimos de Mikey Mouse y fuimos a conocer París. Con un dólar comprado muy barato, volvimos a padecer las consecuencias del síndrome ta’ barato dame dos.

Fuimos tratados de nuevo como “buenos turistas”, se nos abrieron las puertas en muchos países del mundo mientras vivimos nuestra borrachera en cruceros por el caribe.

Una vez más compramos por el argumento de que está barato y teníamos poder de compra, al menos según nuestra percepción, pues sacábamos cuentas de lo que habíamos pagado en bolívares por esos dólares y aunque fuese controlado con cupos anuales era muy barato, así que valía aquello de ta’ barato dame dos.

La hiperinflación del presidente obrero

La desilusión llegó rápidamente, poco a poco se desvaneció el sueño del 73, y la Venezuela Saudí se hacía lejana otra vez aunque Chávez nos cantara alguna canción en cadena nacional.

Pasó el boom y empezaron a reducirse los cupos hasta desaparecer, todavía un poco más allá del 2012 nos gastamos las reservas internacionales en ilusiones gracias a CADIVI.

La muerte de Hugo Chávez y la llegada de Maduro marcaron la entrada a la histeria colectiva que provocaba la agudización del padecimiento del síndrome ta’ barato dame dos.

La muerte de Chávez y el triunfo de Maduro como hitos de referencia cronológica nada más.

Lo cierto es que en este 2018 hiperinflacionario, el otro extremo de las circunstancia nos lleva a padecer una versión crónica del síndrome ta’ barato dame dos.

Esta enfermedad colectiva nos ha llevado a comprar cosas que no necesitamos, y que de haber tenido otro precio jamás hubiésemos comprado. La primera vez que noté que actuaba dominada por este síndrome fue en diciembre de 2017, cuando entré a un supermercado cuyos anaqueles, como se ha vuelto habitual, estaban vacíos, y en el único que había algo, habían Gatorades, y un tumulto de gente peleándose por alcanzar dos de aquellas bebidas.

No soy consumidora habitual de ese producto, y estoy segura que tampoco lo eran aquellas personas. Jóvenes, adultos y abuelos pasaban para comprar sus dos potes de Gatorade, algunos lo miraban como quien lo ve por primera vez, pero todos convencidos de que Bs. 9.000 era un precio muy bajo, actuaban en consecuencia influidos por el ta’ barato dame dos.

Intenté justificar mi compra, sustituyendo con Gatorade el consumo de té helado, refresco o agua saborizada, y durante quince días tomé Gatorade porque estaba barato. Aunque, la verdad es que con el precio de las otras bebidas no habría comprado una cada día durante esos quince días.

La semana siguiente reviví el episodio, solo que esta vez eran platos plásticos, 12 platos naranja por 8.000 bolívares. En mi casa hay platos suficientes incluso si recibimos visita para la comida, pero yo compré los platos, y no fui la única, todo el que entraba al supermercado llevaba platos, no importaba si lo que necesitaban era arroz o leche que no había, estaban baratos los platos y había que llevar los dos que dejaban sacar por persona.

Pero no soy la única, este miércoles 28 de febrero un amigo compró un par de vendas con cubierta de yeso que costaban 15.000 bolívares, y además incitó a otras dos amigas a que “aprovecharan” que estaba barato y compraran. Estas personas jamás en su vida han necesitado este producto y probablemente no lleguen a necesitarlo nunca, es más, no saben ni para qué sirve, sin embargo, ta’ barato dame dos.

Que la variación de precios en productos esenciales como toallas sanitarias, detergente, arroz, harina, entre otros, sea tan acelerada, nos hace intuir que es mejor comprar todo lo que podamos lo antes posible porque va a subir de precio.

El problema es cuando se combina esta intuición con una enfermedad colectiva cuyo fundamento está instalado en nuestro imaginario colectivo, nos cuesta procesar que no es un problema de distribución de riquezas sino de producción, seguimos creyendo que somos ricos y entonces podemos comprar cosas que no necesitemos siempre que cumplan el requisito: buen precio (barato).

Seguimos siendo indiscutiblemente consumistas, y solo los productos baratos, aunque no los necesitemos, nos permiten generar la percepción de que recuperamos el poder de compra.

En esta época solo hay que sumar como un elemento que nos empuja a sufrir este síndrome de manera crónica, la conciencia de la pérdida del valor de nuestra moneda, pues saber que tener bolívares guardados no es sensato frente a los índices de hiperinflación, acelera la ansiedad de los venezolanos y las venezolanas por gastar lo que tiene en sus cuentas bancarias para convertirlo en la mayor cantidad de bienes y servicios que sea posible.

Ante este panorama no nos queda otra que cambiar el chip, hay que ir al subconsciente conscientemente para demoler los mitos ideologizantes inoculados en nuestro ADN en 1973, tenemos que superar el modelo rentista petrolero, para entrar de frente al siglo XXI.

Sin duda, necesitamos urgentemente un cuarto de rehabilitación.

Irani Acosta|@iracosvi
Por Irani Acosta|@iracosvi marzo 10, 2018 17:04