Llorar a Rolando; llorar a los hermanos pemones

Eudo Torres @eudotorres
Por Eudo Torres @eudotorres marzo 15, 2019 13:48

Foto: Archivo.

El 2 de marzo falleció Rolando García, la última víctima mortal de los días de enfrentamientos en la Gran Sabana en días en los que la oposición venezolana comandada por Juan Guaidó intentó ingresar ayuda humanitaria al país; él había sido impactado por una bala de FAL el 22 de febrero.

La muerte de García, conocido guía de rutas turísticas en la zona, recrudeció la crisis y la ira de los pemones.

Hoy, más que nunca, parece oportuno contar la historia de nuestros héroes: la historia de los que regaron con su sangre nuestras tierras, de los que se fueron, pero que siguen en los tepuyes; de los que nos miran y descansan en nuestras mismas tierras, porque ellos siguen entre nosotros.

Aquel día, los pemones lloraron tanto que pudieron enjuagar sus caras con sus propias lágrimas. Una mujer pemón se sentó hacer un kachiri: no para celebrar la vida, sino para llorar a un hermano que se hacía piedra y recordar a Taure Pam, que vive honrando la tierra y vigilando los tepuyes.

El pueblo pemón aprendió a defender su tierra con orgullo de su Dios Adepotoru, por eso defendieron la Gran Sabana en esos días turbios; y aunque temían, no podían dejar que su orgullo tocara la tierra.

El militar venezolano se mostró como el Kaikuse: el jaguar malvado que según las leyendas de los pemones, fue perseguido más allá del Yaruaní; más allá del sol.

La sabana es ancha y junto al parque Aponwao se pierde en la inmensidad y parecen tierras que nunca fueron domadas; pero sí, sí fueron domadas: por Rolando y los valientes pemones. Y los saltos, los tepuyes, las sabanas, las laderas y la niebla de la mañana fueron sus hijos.

Tragedia

El 23 de febrero cuarenta tanquetas y camiones cargadas con militares desfilaron con rumbo a la frontera y, las detonaciones acompañadas con denso humos de las bombas lacrimógenas, plenaron el aire y el ambiente fue un pesado presagio de lo que venía: 25 heridos por arma de fuego y cinco muertos fueron confirmados en cuestión de horas.

Ya en la en Gran Sabana un grupo de indígenas junto a sus capitanes, se apostaron en la calle y cerraron la vía con objetos que consiguieron, mientras los vehículos se acercaban.

El humo de los carros se veía cada más oscuro: los cauchos eran puntos negros que con los minutos, se hicieron gigantes.

A su llegada al punto del cierre de Escamoto, los militares no mediaron: llegaron, se bajaron y se escucharon los disparos; ráfagas de disparos que obligaron a los originarios a dispersarse, mientras caían los primeros heridos.

Dispararon a matar: ahí no hubo diálogo, ni mediación. Solo militares con una rodilla sobre el asfalto en forma de hilera y disparando a discreción hacia los despavoridos indígenas.

El alcalde de la Gran Sabana se fue de reposo y está radicado en Pacaraima y solo algunos capitanes pemones han salido de su escondite desde el 23 de febrero. Además, más de 600 indígenas migraron a Brasil.

Llorar a tus hermanos

“No he podido dejar de llorar. Convirtieron mi paraíso en un infierno; desde mi casa se ven las tanquetas y un puesto militar que no estaba. Siento rabia, siento impotencia, siento que lloro sin querer llorar. Era mi paraíso, el paraíso de mi niña”.

Sentado sobre un viejo taburete de madera que sirve de asiento, portando un jean de color azul y una camisa, Carlos tiene la vista fija hacia el horizonte; hacia el Roraima y el Kukenan (cerro), donde en los días más despejados se pueden ver otros tepuyes.

Desde ese espacio abierto, muy abierto, se puede divisar un cerro a lo lejos, una carretera asfaltada en forma de L, y un campo de gramas que se pierde en el horizonte, pero empalma con nubes grisáceas; y más allá, varias casas de gente que temen y sienten que el cielo ya es un infierno.

Eudo Torres @eudotorres
Por Eudo Torres @eudotorres marzo 15, 2019 13:48