La radio y mis dos pares de zapatos

Radio Fe y Alegría Noticias
Por Radio Fe y Alegría Noticias octubre 12, 2018 08:34

Foto: Archivo.

Empiezo por la conclusión, para no aburrirlos. La vida me ha enseñado que para ser feliz necesitas disfrutar lo que haces no importa si sólo tienes un par de zapatos, o dos, o tres. Basta con tener unos para salir y otros para estar en casa; aunque yo usaba uno para ambas cosas, porque cuando comencé a trabajar sólo llegaba a casa para dormir.

Todo comenzó cuando medio empecé a entender la vida. Comprendí que sólo tenía dos pares de zapatos porque a mi mamá no le alcanzaban sus ingresos para comprarnos varios a mí, y a mis tres hermanitas, durante el año. Luego crecí y cuando mi mamita tuvo la oportunidad de comprarnos muchos vestidos y muchos calzados consideraba todo aquello innecesario.

En este párrafo salto un poco de mi feliz infancia y adolescencia, para contarles que cuando cumplí mayoría de edad conseguí empleo que, por cierto, fue el mejor de toda mi vida: trabajé en Radio Fe y Alegría Paraguaipoa.

Comencé abriendo y cerrando las puertas de la radio; luego hacía los controles. Cómo olvidar a Siwarra, uno de los productores, quien era la voz y la vida de “El maestro de Wayuunaiki”; cómo olvidar su elegante cabellera.

Pasaron muchas lunas y apenas cuando hacía intentos por redactar notas simples que se escucharían en todo el país, me asignaron otra responsabilidad mucho más importante: debía visitar las comunidades de la media, la alta y la baja Guajira para llevar el programa de Alfabetización de adultos del Instituto Radiofónico Fe y Alegría.

Las primeras visitas las realizábamos usando las camionetas que tenían su terminal en Los Filúos. Pero ese año la radio adquirió dos motocicletas; no sé detallarles el modelo, pero sí sé que eran de las primeras motos que comenzaron a transitar por los caseríos del municipio.

El conductor era Luis, promotor del IRFA y mi primo. En ese momento se estrenaba como piloto de motocicletas.

Cierto día, un lunes para ser más precisa, cruzábamos el concurrido Mercado Binacional Los Filúos cuando antes de salir rodamos. Luis se levantó rápidamente de aquella aparatosa caída, sufrió raspones más leves que los míos. Yo, mientras tanto, permanecí minutos sentada en el pavimento con mi casco puesto. No entendía lo que pasaba, pero sentía como mi pierna derecha se humedecía por la sangre.

Afortunadamente muchas de las personas que se encontraban en el sitio nos auxiliaron y trasladaron al hospital de Paraguaipoa. Luego, al llegar a casa, no sabía si me dolía más la rodilla o los regaños y reclamos de mi adorada madrecita.

El médico me recomendó “reposo estricto” hasta que sanara la herida. Pero mi mamá decretó que no iría más al trabajo y me escondió el único par de zapatos que me quedaba, porque el otro se quedó en el sitio del accidente.

No fue fácil convencer a mi mamita para que me dejara volver al trabajo, pero me regresó mis zapatos y con ese gesto me regresó la alegría de ir nuevamente a hacer lo que me gustaba. Qué sería de nosotros sin ese ser que nos protege. Ellas nos conocen y saben darse cuenta qué nos apasiona, para finalmente soltarnos como un ave pichona que debe aprender a volar por sí sola.

Con cotizas en nuestros pies, y esta vez sin moto, Luis y yo retomamos el trabajo. Caminábamos largos kilómetros por Kasusain, Sichipes, Cojoro, Kusia y otras comunidades de la Guajira, llevando programas educativos y comunicacionales del IRFA, pero sobre todo recibiendo el calor de las familias wayuu, que nos daban la bienvenida con chicha de maíz como muestra de gratitud por nuestra compañía.

Esta es la radio. Ella tiene calor y color. Esta es mi radio, la que siempre será mi casa a pesar de que ya no trabajo en ella: esta es la radio de la Guajira. Ella me enseñó a tener los pies bien puestos en la tierra para anunciar y denunciar con micrófono en mano.

Sin embargo, hoy no es nítida; no es potente. Su antena fue desmantelada por un grupo de personas, quienes la vendieron como chatarra en Maicao, Colombia. Sumado a ello, sufrió un incendio hace poco causado por fallas eléctricas que devastaron casi todas las instalaciones.

Actualmente su alcance es muy poco. Nada que ver con sus inicios, cuando llegaba hasta la frontera colombo-venezolana.

Hoy, nuestros ancianos de la Alta Guajira no escuchan sus jayechi (canto wayuu). El reloj ajustado a la orientación wayuu no suena en la comunidad de Paraguachon. Los niños del El Cañito ya no toman apuntes para aprender a escribir y leer wayuunaiki. En la Laguna de Sinamaica no se escuchan la noticias de la Guajira.

Nuestro sueño es volver a escuchar una radio nítida y potente. Porque creemos que el fuego solo sirvió para que nuestra voz se avive. Porque estos incidentes no significan una voz que se paga, sino las voces que toman impulso para volar más alto.

Glenyis Sencial

Radio Fe y Alegría Noticias
Por Radio Fe y Alegría Noticias octubre 12, 2018 08:34